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Diario económico del negocio de la salud

18 Oct 201912:59

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Mirando al futuro de la salud

El Holmes Club, zumos tecnológicos y un ADN de caca

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El Holmes Club, zumos tecnológicos y un ADN de caca

 

De nuevo ha vuelto a ocurrir. Tenemos nuevos miembros en el Holmes Club. No me refiero a una cadena de gimnasios (con la que el club comparte apellido). En realidad tampoco tiene nada que ver con el detective de nombre Sherlock, al que no homenajea. El Holmes Club sería un homenaje que deberíamos hacer a Elizabeth Holmes, la emprendedora milagro en el ámbito de las ciencias de la salud con Theranos que luego no lo fue tanto. Ella ha sido la máxima expresión de la nueva raza de presuntos disruptores del mundo de la salud de origen tecnológico y localización en Silicon Valley que han resultado ser un engaño para sus clientes, sus inversores y la opinión pública. También engañó a la mayor parte de prensa, que la ensalzó y jaleó cuando lanzaba promesas vanas que no cumpliría de salvarnos de las agujas. Una prensa que aún tiene gente que investiga y que al final fue quien destapó el pastel del timo. Por el camino, millones de dólares quemados en intentar realizar una visión que no coincide con los principios y preceptos científicos vigentes a principios del siglo XXI. Un intento infructuoso, porque como decía el torero ingenioso, lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. 

 

Porque lo imposible para los miembros del Club Holmes no es lo que prometen: lo imposible es poner fechas a soluciones que dependen de multitud de factores externos. La medicina moderna no es una filosofía, es ciencia, y por tanto debe cumplir todas las características del método científico. Esto hace que no se base en visiones, sino en hipótesis de trabajo que hay que validar o refutar. No podemos erigirnos en los elegidos para cambiar el mundo, sino que debemos saber cómo cambiarlo, y a partir de eso, hacerlo de una forma reproducible y repetible, además de transmisible. La protección de ideas y patentes debe hacer su función para que además ciencia un hallazgo pueda ser negocio. Por eso los falsos profetas de origen tecnológico tienen y tendrán problemas en entender que no se puede controlar la naturaleza si no se la comprende. Todo tiene sus tiempos y sus métodos, pero cuesta mucho hackearlos. Muchos lo han intentado antes. Se llaman científicos.

 

Quizá habría que también admitir en ese club de ideas para mejorar la salud y el estilo de vida los padres de avances tecnológicos que de tecnología tienen, pero de avance solo en alguna cuenta corriente. Sería el caso de Juicero, el sistema de exprimidora de zumos precargada, como la Nespresso de los zumos. Una idea de un iluminado, la de la exprimidora en frio estilo Apple con wifi de casi 600 dólares, por la que apostaron inversores como el exbaloncestista Kobe Bryan, Google o las Sopas Campbell, aportando un buen puñado de dólares. Dólares que se fueron a la nada cuando unos periodistas demostraron que con las manos uno podía exprimir las bolsas de zumo precargadas sin necesidad del artefacto. Y de ahí al anonimato de nuevo, previa desaparición de millones y estupor en todo el Silicon Valley, que había suspirado por el invento. 

 

Recientemente han aparecido nuevos miembros del Holmes Club: los fundadores de uBiome, los principales promotores en Silicon Valley, y desde allí, a todo el mundo, del uso del ADN del microbioma intestinal y su influencia en la salud. De algo del todo no probado en todos los casos, (se extrapola el descubrimiento de la influencia del microbioma, la flora intestinal de toda la vida, y se la dota de propiedades casi mágicas no probadas) se saca un negocio millonario. Algunas aseguradoras empiezan a cubrir los test, y aquí viene la desgracia de los fundadores. La detección de facturación hinchada pone en marcha al FBI, que investiga y decide intervenir. A partir de ahí, salen todas las vergüenzas de la empresa, desde acoso a inadecuada maquinaria de conservación de las muestras fecales, y lo más importante: la falta de rigor científico de los test. Pero hasta ese momento el Silicon Valley y el mundo le habían reído las gracias a la empresa. 

 

Más allá de la posible esperanza en que hallazgos casi mágicos (dentro de la definición de la tecnología de Arthur C. Clarke) logren salvar millones de vidas de manera casi instantánea gracias a una tecnología y un conocimiento generado en meses, experiencias como las comentadas deberían hacernos dar un paso atrás y aplicar rigurosamente la razón y la lógica. Que no pase con tantas terapias milagrosas propietarias lo que ha pasado con estos casos. La presidenta del Holmes Club y su socio están viendo cuántos años les caen de carcel. Por el bien de todos, los recursos que dilapidaron podrían estar en algo que tenga sentido. Que no nos engañen con trucos de magia del Silicon Valley, porque al final a todos se nos queda la cara de tonto. Y atentos al mago o maga, porque puede que al final se vaya de rositas. O de zumitos. 

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