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28 Jun 202208:44

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El BCE calienta motores para una subida de tipos ante el peligro de efectos de segunda ronda

16 May 2022 — 04:58
Por M. T.
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La presidenta de la entidad, Christine Lagarde, continúa sin poner una fecha para actualizar la política monetaria europea alegando que la zona euro no cuenta con un exceso de demanda agregada.

Banderas de Europa

 

Una crisis más para forjar Europa. En su visita a Eslovenia el jueves, Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo (BCE), salpicó su discurso sobre autonomía energética, compra de activos y tipos de interés con una cita de Jean Monnet, político francés considerado uno de los padres del europeísmo. Uno de los grandes hombres que se movió en la política europea de la Guerra Fría convencido que avanzar en la integración europea era evitar otra guerra en Europa y al que se le atribuye la frase “Europa se forjará en crisis”.

 

Ahora, con la guerra otra vez en suelo europeo, Lagarde identifica esta crisis, que está generando una subida de precios en las materias primas y la energía, como una pieza más de la integración europea. Más allá de la épica, la presidenta del BCE quiso tranquilizar a su audiencia, y a los mercados, señalando que la Gran Recesión ya fue un duro golpe para la institución y las economías europeas, “eso fue porque la crisis reveló y exacerbó las debilidades escondidas bajo la arquitectura institucional de la Unión”, admitió Lagarde.

 

Desde el inicio de la gran crisis financiera, se necesitaron siete años para que el Producto Interior Bruto (PIB) de la zona euro volviera a su nivel anterior y casi doce años para que el desempleo se recuperara.

 

En esta crisis, Lagarde apuesta por que la integración europea llevará a acelerar dos cambios estructurales que la Unión tendrá que navegar. Uno de ellos, que la geopolítica adquiera una mayor importancia en las cadenas de suministro mundiales, aunque aclara que “no tiene porque implicar la desglobalización, ya que las empresas seguirán contando con fuertes incentivos para ir hasta países con menores costes”. Sin embargo, admite que “estos países serán menos”.

 

 

 

 

En segundo lugar, la guerra acelerará la transición verde para reducir la dependencia a “actores hostiles”. “Los caminos para lograr la seguridad energética y la seguridad climática apuntan ahora firmemente en la misma dirección”, sostiene la mandataria.

Con todo este cóctel de orgullo europeo que necesita crecerse ante la hostilidad, Lagarde fortalece sus posiciones en política monetaria señalando que espera poner fin al programa de compra de deuda (APP, por sus siglas en inglés) a principios de mes para aumentar los tipos “algún tiempo después”. Una sentencia que los analistas interpretan como que los tipos subirán en la primera reunión de verano.

 

La entidad se está internando en el nuevo escenario económico recorriendo todas las fases,  ante la impaciencia de algunos actores del sistema financiero europeo como el propio Bundesbank. Su presidente, Joachim Nagel, destacó la pasada semana los peligros que podía implicar una reacción tardía del BCE y pidió que se realizará la primera subida de tipos en julio. La demanda también se extendió al Banco de Finlandia, presidido por Olli Rehn, excomisiario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE, que apuntó “que estaría justificado aumentar la tasa de depósito en 0,25 puntos porcentuales en julio”.  

 

A pesar de todas las demandas, Lagarde recordó que “no tenemos un exceso de demanda agregada en la zona del euro (el consumo y la inversión siguen estando por debajo de sus niveles anteriores a la crisis) y la guerra está creando un desafío para la política monetaria al moderar las tasas de crecimiento y hacer que la inflación siga aumentando”.

 

 

 

 

En la misma línea defendía el pasado viernes el vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), Luis de Guindos, la política monetaria europea, asegurando que la inflación actual se debe a la pandemia y la guerra. “Si nosotros subimos los tipos de interés ¿se va a reducir el precio de petróleo? No tiene mucho que ver”, aseguró de Guindos durante la trigésima jornada del Programa de Liderarge per l’Europa del Segle XXI organizado en la sede de la patronal catalana Foment del Treball en Barcelona.

 

De Guindos también aprovechó su intervención para apuntar que la inflación de la zona euro se situará en torno al 4% o 5% en el último trimestre del año, mientras que la inflación subyacente se irá acercando al índice general. Para el exministro, el problema real serán los llamados efectos de la segunda ronda, los que suceden cuando la inflación de productos más volátiles como la energía o alimentos no elaborados se traslada al resto de productos, es decir, la inflación contagia la inflación subyacente y corre el riesgo de quedarse como estructural.

 

Algunos operadores ya han trasladado la subida de costes de producción al consumidor final, como Inditex o Mercadona. Si la subida de precios se contagia a salarios o pensiones, la inflación puede permanecer más allá de la moderación de los precios de la energía.

 

 

 

 

“Si estos efectos de segunda ronda son suficientemente severos y persistentes (cuanto más tiempo se mantengan los actuales niveles de inflación, más probable será que así sea), el shock alcista de la inflación podría acabar siendo mucho más perseverante y perdurar incluso después de la hipotética moderación de los precios energéticos y otros inputs”, señalaba ya en febrero un estudio de CaixaBank.

 

Al otro lado del Atlántico, la Reserva Federal de Estados Unidos ya ha movido ficha y aprobó la mayor subida de tipos de interés en 22 años el pasado jueves 4 de mayo. El presidente de la institución, Jerome Powell, argumentó frente a los periodistas que era posible frenar la inflación sin caer en la recesión, y que todos sus esfuerzos se basaban en enfriar la demanda e intentar bajar la presión inflacionista. “La inflación está demasiado alta y mi trabajo es bajarla”, argumentó Powell.

 

El mismo camino han seguido desde Bank of England, que sólo un día más tarde subió sus tipos de interés a máximos de los últimos trece años después de que la entidad estimara que la inflación podía llegar a alcanzar el 10% durante este año. Por ahora, el Índice de Precios de Consumo (IPC) se situó sobre el 7%, su máximo en treinta años.

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