Entorno

Especial 2021, el año de la vacuna

2021, el año en el que la inflación terminó con los locos años veinte antes de empezar

La persistencia del Covid-19, el fracaso del programa Covax y una inflación cada vez menos transitoria ha ido enfriando en los últimos doce meses las perspectivas de una rápida recuperación en la economía mundial.

C. D. A.

21 dic 2021 - 04:58

2021, el año en que la inflación terminó con los locos años veinte

 

 

Se esperaba un fuerte rebote, euforia en los mercados, crecimientos récord y oportunidades para todos. Incluso se coqueteaba con una idea ilusionante: tras la crisis del Covid-19, el mundo podría arrancar en 2021 unos nuevos locos años veinte, como los del siglo XX, una década de prosperidad económica en la que Occidente registró crecimientos a ritmos que no se habían dado nunca antes.

 

Sin embargo, en los últimos doce meses la economía mundial ha ido dejando atrás este optimismo postpandémico a golpe de realidad, empezando por la certeza más dura e inquietante: la pandemia no ha terminado pese a que en los países ricos la mayoría de la población esté ya vacunada. El otro Grinch ha sido la inflación, en niveles máximos en todo el mundo en las últimas décadas y con una persistencia mayor a la esperada inicialmente.

 

Las consecuencias de estos dos grandes efectos no se quedan sólo en las macromagnitudes mundiales, si no en la calidad de la recuperación económica: menos sólida y más desigual de lo esperado. El mundo, en definitiva, trata de pasar página del coronavirus con muchas más incertidumbres que certezas y con una preponderancia de la política económica que se vaticinaba ya superada a estas alturas de la película. La política sigue teniendo la palabra en muchos sentidos con dos ejes clave: estímulos contra control de la inflación y vacunación local contra vacunación global. Por el momento, ganan los primeros en ambos casos.

 

 

 

 

“Transcurrido un año de la pandemia, las perspectivas mundiales continúan siendo muy inciertas”, alertaba el Fondo Monetario Internacional (FMI) en abril, cuando sus previsiones de crecimiento de la economía mundial para 2021 se situaban en el 6%. 

 

Para el FMI, el segundo semestre iba a impulsar el crecimiento mundial “gracias a las vacunas”. No obstante, el organismo que dirige Kristalina Georgieva ya alertaba de que las recuperaciones económicas “están divergiendo entre países y sectores, debido a la diversidad de trastornos inducidos por la pandemia y del grado de respaldo de las políticas”. 

 

Sin embargo, en julio las perspectivas económicas habían “divergido aún más entre los países desde las proyecciones publicadas en la edición de abril de 2021 de Perspectivas de la economía mundial”, apuntaba el organismo. “El acceso a las vacunas se ha convertido en la principal brecha” en una recuperación que “no está asegurada incluso en aquellos países con niveles de infección muy bajos mientras el virus circule en otros países”, proseguía.

 

El FMI no revisó sus previsiones sobre la economía mundial hasta octubre y lo hizo en sólo una décima, del 6% al 5,9%. “La recuperación mundial continúa, pero ha perdido ímpetu y la incertidumbre ha aumentado”, titulaba entonces su informe. “En términos generales, los riesgos para el crecimiento se inclinan a la baja; el principal motivo de inquietud es la posibilidad de que aparezcan variantes más agresivas del virus Sars-CoV-2 antes de alcanzar un nivel generalizado de vacunación”, justificaba el organismo.

 

La Organización para el Desarrollo y la Cooperación Económica (Ocde) alertó a principios de diciembre del mismo problema: la recuperación económica continúa siendo robusta, con una previsión de crecimiento del 5,6% para 2021, pero esta ha perdido “impulso” y es “cada vez más desigual”. 

 

Laurence Boone, economista jefe de la Ocde, puso énfasis en que el trabajo de lucha contra la pandemia aún no había terminado. “La situación sanitaria es una preocupación ya sea Delta, Ómicron o cualquier otra variante”, señaló.

 

“El fracaso a la hora de garantizar una vacunación rápida y eficaz en todos los países está resultando costoso, y subsiste un elevado grado de incertidumbre ante la incesante aparición de nuevas variantes del virus”, apuntaba la Ocde. 

 

 

 

 

Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), había advertido ya de los riesgos de una desigual vacunación en todo el mundo. “Cada día se ponen seis veces más dosis de recuerdo que primeras dosis en los países de bajos ingresos; es un escándalo que debe terminar ya”, denunció en noviembre. 

 

Ante esta realidad, el Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19 (Covax, por sus siglas en inglés), la alianza impulsada por actores públicos y privados con el objetivo de garantizar el acceso equitativo a las vacunas contra el Covid-19, se ha demostrado en los últimos doce meses un fracaso estrepitoso de la cooperación internacional. El objetivo de Covax era contar con 2.000 millones de dosis a finales de 2021, pero según el panel de vacunas de Unicef sólo había distribuido hasta principios de diciembre unos 590 millones de dosis.

 

A principios de diciembre, más de 4.300 millones de personas, equivalente al 55% de la población mundial, ya habían recibido al menos una dosis de la vacuna, según datos de Our World in Data. En la Unión Europea, el 71% de la población ya cuenta con al menos una dosis; en Latinoamérica, el 74%; en Norteamérica, el 65%; en Asia, el 63%, y en Oceanía, el 60%. El punto negro está precisamente en África, donde sólo 11% de la población ha recibido al menos una vacuna, teniendo en cuenta que varios países no aportan datos sobre el ritmo de vacunaciones.

 

 

 

 

El problema de esta desigualdad, con países pobres de África, Asia e incluso Europa (como Bosnia-Herzegovina) con menos de un 25% de la población inmunizada, es que las restricciones a la movilidad se han demostrado del todo ineficientes para frenar la propagación de las diferentes variantes surgidas hasta le fecha. “No tiene sentido -señaló Ghebreyesus- poner dosis de recuerdo a adultos sanos o vacunar a los niños cuando los trabajadores sanitarios, las personas mayores y otros grupos de alto riesgo en todo el mundo están todavía esperando su primera dosis”. “Nadie está a salvo hasta que todos estemos a salvo”, sentenció.

 

De esta forma, la aparición de la variante Ómicron a finales de noviembre provocó un día negro en las bolsas internacionales el pasado 26 de noviembre. Parecía claro que, como ocurrió con la variante Delta, el virus iba a propagarse en todo el mundo en cuestión de semanas y las bolsas, permeables como ningún otro entorno al miedo, reaccionaron al momento a las noticias surgidas de Sudáfrica y Botswana.

 

El Dow Jones de Industriales retrocedió un 2% en un día semifestivo en Estados Unidos, mientras las caídas llegaron al 4,96% en el Ibex-35, al 4,8% en la bolsa de París, al 4,60% en Milán, al 3,64% en Londres o al 4,15% en Fráncfort. El selectivo Nikkei de la Bolsa de Tokio se dejó un 2,53%, mientras que el índice de referencia de la Bolsa de Hong Kong descendió un 2,67%.

 

 

El otro virus

La inflación es el otro enemigo temido por los economistas de los grandes institutos de estudio de la economía mundial, particularmente porque su contención es incongruente con la aplicación de medidas de estímulo que parecen esenciales para que la recuperación se mantenga. 

 

A principios de 2021, la inflación era una amenaza casi ignorada por los economistas responsables de los grandes pronósticos. El FMI, por ejemplo, auguraba en abril que la política monetaria continuará siendo “acomodaticia” y no se endurecería sino “gradualmente, a medida que la recuperación eche raíz”. 

 

La volatilidad en torno a los precios, decía el organismo, “debería ser pasajera” y “la presión inflacionaria se mantendrá contenida en la mayoría de países”. Las previsiones de aumento de precios para 2021 eran entonces del 1,6% en las economías avanzadas y del 4,9% en los mercados emergentes. 

 

Sin embargo, sólo tres meses después la temperatura de la inflación había aumentado en todo el mundo. El FMI interpretaba que “las recientes presiones sobre los precios en gran parte reflejan la inusual evolución relacionada con la pandemia y los desajustes transitorios entre la oferta y la demanda”. “Se prevé que la inflación regrese a los rangos que se registraban antes de la pandemia en la mayoría de los países en 2022 una vez que estas perturbaciones vayan quedando reflejadas en los precios, pero persiste una gran incertidumbre”, decía entonces el FMI.

 

 

 

 

En octubre, la inflación ya tenía un capítulo protagonista en el informe del FMI, que alertaba de que “las perspectivas de la inflación están rodeadas de gran incertidumbre, principalmente debido a la trayectoria de la pandemia, la duración de los trastornos del suministro y la posible evolución de las expectativas inflacionarias en este entorno”.

 

Si las previsiones de crecimiento para la economía mundial habían decaído sólo una décima respecto a sus anteriores informes, el FMI elevó con fuerza sus estimaciones en torno a la inflación. “Las previsiones de base de los servicios del FMI sugieren que, para las economías avanzadas, la inflación alcanzará un pico en los últimos meses de 2021 y bajará a alrededor de 2% para mediados de 2022”, indicó en octubre el FMI, precisando que en 2021 la inflación mundial marcará 3,6%, muy por encima de lo esperado julio, cuando proyectaba un alza de precios de 2,4% en 2021.

 

En noviembre, la inflación en la zona euro se situó en el 4,9%, el valor más alto desde el inicio de la serie estadística, en 1997, mientras que en Estados Unidos llegó en octubre al 6,2% interanual, el más elevado en los últimos treinta años.

 

El FMI insiste en que la alta inflación será pasajera, pero es un motivo de amplia preocupación ya para la Ocde, que prevé un pico entre finales de 2021 (con una subida de precios del 3,5% a escala global) y primeros de 2022 (con una subida del 4,2%), para estabilizarse en torno al 3% en 2023. Además, el organismo no descarta sorpresas que podrían “exponer las vulnerabilidades que persisten por el alto endeudamiento (…) y la frágil recuperación en muchos mercados emergentes y economías de ingresos bajos”.

 

Alemania, un país alérgico a la inflación (uno de los grandes causantes del descontento alemán en los años veinte del siglo pasado, cuando emergió el nazismo), no ha tardado en dar la voz de alerta. El Consejo Asesor de Economistas del Gobierno alemán, conocido como los cinco sabios, publicó un informe en noviembre en el que urgía al Banco Central Europeo a poner fin a su política monetaria ultraexpansiva.

 

Por el momento, el Banco Central Europeo (BCE) insiste en que la inflación es coyuntural y que remitirá en los próximos meses. Para el organismo que regula la política monetaria europea, con un objetivo de inflación en el 2%, retirar los estímulos “de forma prematura” tiene un alto riesgo, por lo que “es muy poco probable que se den las condiciones para subir los tipos de interés” en 2022.

 

“Esta inflación es inoportuna y dolorosa y hay naturalmente preocupaciones sobre cuánto tiempo durará; nos tomamos muy en serio estas preocupaciones y observamos la evolución con cuidado”, dijo en julio Christine Lagarde, presidenta del organismo. 

Sin embargo, al otro lado del Atlántico la Reserva Federal ya ha anunciado que reducirá los estímulos monetarios que se activaron para contrarrestar la crisis del Covid-19 ante la subida de la inflación. El presidente del banco central estadounidense, Jerome Powell, empezó a matizar a finales de noviembre el término “transitorio” para referirse a la alta inflación. “Tendemos a usarlo para significar que no dejará una marca permanente en forma de mayor inflación”, apuntó en el Senado, en el momento de anunciar una finalización antes de lo previsto de los programas de compras de activos.

 

 

Por qué suben los precios

“Habrás notado que llenar el depósito, cortarte el pelo o hacer la compra es más caro últimamente”, comienza el Banco Central Europeo en una nota informativa del pasado noviembre, en la que trata de explicar por qué la inflación es tan elevada en la zona euro. “Hay tres motivos principales -apunta el organismo-: nuestra economía se está reabriendo rápidamente, la subida de los precios de la energía está haciendo que la inflación aumente y se está produciendo lo que los estadistas denominan efecto de base”.

 

El BCE describe estos efectos como el “desequilibrio entre la oferta y la demanda”, particularmente en ámbitos como los aparatos electrónicos o los materiales para reformar viviendas, o el encarecimiento de los costes del transporte por la escasez de contenedores. No obstante, detalla que la mitad del reciente aumento de la inflación se explica por la subida de los precios del petróleo, el gas y la electricidad. Respecto al efecto de base, detalla que “los precios fueron excepcionalmente bajos en el momento álgido de la pandemia en 2020, debido en parte a una rebaja del IVA en Alemania; al comparar los precios más elevados actuales con esos niveles muy bajos, las diferencias parecen grandes”. “Esto se conoce como «efecto de base» y desaparecerá con rapidez”, señala.

 

 

 

 

Crecimiento desigual

En los últimos años, el FMI había virado sus recomendaciones en torno a la política económica global en conceptos como el crecimiento inclusivo, es decir, un desarrollo que no ahondara en las desigualdades en torno al reparto de la riqueza en todo el mundo. Un efecto de la pandemia, alertan ahora los organismos económicos internacionales, es exactamente el contrario: una recuperación desigual en todo el mundo.

 

Según las últimas previsiones del FMI, del pasado octubre, la revisión a la baja de sus previsiones “refleja un deterioro en las economías avanzadas, debido en parte a los trastornos del suministro, y en los países en desarrollo de bajos ingresos, sobre todo debido a la desmejora de la dinámica creada por la pandemia”.

 

Las previsiones para 2021 y 2022 son positivas en todas las regiones, pero las diferencias entre los países en vías desarrollo y las economías más ricas son hoy mucho más moderadas que antes de la pandemia. Por regiones, las mayores previsiones de crecimiento económico, del 7,2% en 2021 y del 6,3% en 2022, se dan en la Asia emergente y en desarrollo.

 

Sin embargo, la segunda región que más ha crecido en los últimos doce meses, Latinoamérica y el Caribe, con un pronóstico de crecimiento del 6,3% para el ejercicio 2021, frenará con fuerza en 2022 con un alza de sólo el 3%.

 

El FMI da las peores notas para Oriente Próximo y Asia Central y para el África Subsahariana. En 2021, estas economías sólo han crecido un 4,1% y un 3,7%, respectivamente, mientras que en 2022 apenas experimentarán cambios en términos de crecimiento.

 

 

 

 

La economía de la zona euro, la segunda más castigada en 2020 por el impacto del coronavirus (con una caída del Producto Interior Bruto (PIB) del 6,3%, cerrará 2021 con un alza del 5% y moderará su pujanza hasta el 4,3% en 2022. Por el contrario, Estados Unidos será uno de los ganadores: tras una contracción de sólo el 3,4% en 2020, en 2021 el crecimiento se situará en el 6% y en 2022, en el 5,2%.

 

La desigualdad en el ritmo de crecimiento también preocupa a los economistas de la Ocde. “La recuperación global sigue avanzando, pero ha perdido impulso y es cada vez más desigual”, por lo que algunos países están en “peligro de quedarse atrás”. 

 

Lo más complicado de la situación económica global que deja 2021 es que las recetas para hacerle frente no parecen hoy tan claras como en anteriores crisis. “Se ha complicado la selección de políticas adecuadas para enfrentar retos multidimensionales con un limitado margen de maniobra -apunta el FMI-, como son la desaceleración en el crecimiento del empleo, la inflación creciente, la inseguridad alimentaria, los reveses en la acumulación de capital humano y el cambio climático”.

 

La provisionalidad y la cautela marca en todo caso el tono de los economistas que miran a la economía mundial. La propia directora gerente del FMI indicó en diciembre que la nueva variante del Covid-19 “puede hacer mella en la confianza y en este sentido, probablemente veremos recortes sobre nuestras proyecciones de octubre sobre crecimiento global”, cuando situó en el 4,9% sus previsiones de crecimiento en 2022. Y no todo es por el Covid-19: Georgieva reconoció que, “incluso antes de la llegada de esta nueva variante, temíamos que la recuperación, aunque continúa, perdiese algo de impulso”. 

 

 

“Esta inflación es inoportuna y dolorosa y hay naturalmente preocupaciones sobre cuánto tiempo durará; tomamos muy en serio estas preocupaciones y observamos la evolución con cuidado”, digo en julio Christine Lagarde, presidenta del organismo. 


Sin embargo, al otro lado del Atlántico la Reserva Federal ya ha anunciado que reducirá los estímulos monetarios que se activaron para contrarrestar la crisis del Covid-19 ante la subida de la inflación. El presidente del banco central estadounidense, Jerome Powell, empezó a matizar a finales de noviembre el término “transitorio” para referirse a la alta inflación.


“Tendemos a usarlo para significar que no dejará una marca permanente en forma de mayor inflación”, apuntó en el Senado, en el momento de anunciar una finalización antes de lo previsto de los programas de compras de activos. 

 

 

Por qué suben los precios

“Habrás notado que llenar el depósito, cortarte el pelo o hacer la compra es más caro últimamente”, comienza el Banco Central Europeo en una nota informativa del pasado noviembre, en la que trata de explicar por qué la inflación es tan elevada en la zona euro.

 

“Hay tres motivos principales -apunta el organismo-: nuestra economía se está reabriendo rápidamente, la subida de los precios de la energía está haciendo que la inflación aumente y se está produciendo lo que los estadistas denominan efecto de base”.


El BCE describe estos efectos como el “desequilibrio entre la oferta y la demanda”, particularmente en ámbitos como los aparatos electrónicos o los materiales para reformar viviendas, o el encarecimiento de los costes del transporte por la escasez de contenedores.

 

No obstante, detalla que la mitad del reciente aumento de la inflación se explica por la subida de los precios del petróleo, el gas y la electricidad. Respecto al efecto de base, detalla que “los precios fueron excepcionalmente bajos en el momento álgido de la pandemia en 2020, debido en parte a una rebaja del IVA en Alemania; al comparar los precios más elevados actuales con esos niveles muy bajos, las diferencias parecen grandes”. “Esto se conoce como «efecto de base» y desaparecerá con rapidez”, señala.

 

 

 

 

Crecimiento desigual

En los últimos años, el FMI había virado sus recomendaciones en torno a la política económica global en conceptos como el crecimiento inclusivo, es decir, un desarrollo que no ahondara en las desigualdades en torno al reparto de la riqueza en todo el mundo. Un efecto de la pandemia, alertan ahora los organismos económicos internacionales, es exactamente el contrario: una recuperación desigual en todo el mundo.


Según las últimas previsiones del FMI, del pasado octubre, la revisión a la baja de sus previsiones “refleja un deterioro en las economías avanzadas, debido en parte a los trastornos del suministro, y en los países en desarrollo de bajo ingreso, sobre todo debido a la desmejora de la dinámica creada por la pandemia”.


Las previsiones para 2021 y 2022 son positivas en todas las regiones, pero las diferencias entre los países en vías desarrollo y las economías más ricas son hoy mucho más moderadas que antes de la pandemia. Por regiones, las mayores previsiones de crecimiento económico, del 7,2% en 2021 y del 6,3% en 2022, se dan en la Asia emergente y en desarrollo.

 



 

Sin embargo, la segunda región que más ha crecido en los últimos doce meses, América Latina y el Caribe, con un pronóstico de crecimiento del 6,3% para el ejercicio 2021, frenará con fuerza en 2022 con un alza de sólo el 3%.


El FMI da las peores notas para Oriente Medio y Asia Central y para el África Subsahariana. En 2021, estas economías sólo han crecido un 4,1% y un 3,7%, respectivamente, mientras que en 2022 apenas experimentarán cambios en términos de crecimiento.


La economía de la zona euro, la segunda más castigada en 2020 por el impacto del coronavirus (con una caída del Producto Interior Bruto (PIB) del 6,3%, cerrará 2021 con un alza del 5% y moderará su pujanza hasta el 4,3% en 2022. Por el contrario, Estados Unidos será uno de los ganadores: tras una contracción de sólo el 3,4% en 2020, en 2021 el crecimiento se situará en el 6% y en 2022, en el 5,2%.

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La desigualdad en el ritmo de crecimiento también preocupa a los economistas de la Ocde. “La recuperación global sigue avanzando, pero ha perdido impulso y es cada vez más desigual”, por lo que algunos países están en “peligro de quedarse atrás”. 


Lo más complicado de la situación económica global que deja 2021 es que las recetas para hacerle frente no parecen hoy tan claras como en anteriores crisis. “Se ha complicado la selección de políticas adecuadas para enfrentar retos multidimensionales con un limitado margen de maniobra -apunta el FMI-, como son la desaceleración en el crecimiento del empleo, la inflación creciente, la inseguridad alimentaria, los reveses en la acumulación de capital humano y el cambio climático”.


La provisionalidad y la cautela marca en todo caso el tono de los economistas que miran a la economía mundial. La propia directora gerente del FMI indicó en diciembre que la nueva variante del Covid-19 “puede hacer mella en la confianza y en este sentido, probablemente veremos recortes sobre nuestras proyecciones de octubre sobre crecimiento global”, cuando situó en el 4,9% sus previsiones de crecimiento en 2022. Y no todo es por el Covid-19: Georgieva reconoció que, “incluso antes de la llegada de esta nueva variante, temíamos que la recuperación, aunque continúa, perdiese algo de impulso”.